Alejandra Kollontai

 

La mujer soviética:

Una ciudadana de pleno derecho en su país

 

 


Publicado por vez primera: En  «La mujer soviética» № 5, septiembre 22 de 1946.
Fuente de la presente versión: Según aparece en la recopilación Artículos y discursos seleccionados (ed. soviética de Politizdat, 1972), traducido directamente del ruso por Jordi Mesalles García.
Transcripción del texto: Ediciones Mnemosyne, 2022, por cortesía de quienes aparece aquí.


 

 

Es sabido que la Unión Soviética ha conseguido avances extraordinarios relacionados con la participación de la mujer en la construcción activa del Estado. Incluso nuestros enemigos no ponen en duda esta verdad universalmente reconocida. La mujer soviética es una ciudadana de pleno derecho de su país. Al dar acceso a la mujer a todos los campos del trabajo creativo, al mismo tiempo nuestro Estado ha garantizado todas las condiciones necesarias para que ésta pueda cumplir con su deber natural: ser madre, maestra para sus niños y dueña de su casa.

Desde los primeros pasos de la legislación soviética se reconoció que la maternidad no es una cuestión privada, sino un deber social de la ciudadana activa e igualitaria del Estado. Esta disposición está establecida en la Constitución. En la Unión Soviética se solucionó el problema más importante y complejo: el uso del trabajo activo de la mujer en cualquier campo, sin perjudicar a la maternidad.

Se le prestó una enorme atención a la organización de comedores públicos, jardines de infancia, campamentos de pioneros, parques infantiles y guarderías: todas aquellas instituciones que, como escribió Lenin, tienen realmente la capacidad de liberar a la mujer, de reducir su desigualdad frente al hombre. En la U.R.S.S. se crearon más de 7.000 consultas para mujeres y niños, de las cuales la mitad están situadas en zonas rurales. Se organizaron más de 20.000 guarderías. Vale la pena recordar que en la Rusia zarista en el año 1913 sólo había 19 guarderías y 25 jardines de infancia, los cuales, además, no estaban a cargo del Estado, sino que estaban financiados con fondos de organizaciones filantrópicas.

El Estado soviético proporciona a la mujer madre cada vez más ayuda económica. Las mujeres reciben prestaciones y vacaciones pagadas durante el periodo del embarazo y el parto. Al volver de las vacaciones conservan su antiguo trabajo.

Las madres solteras y con muchos hijos reciben una prestación estatal para la manutención y educación de éstos. En el año 1945 el estado pagó más de 2.000 millones de rublos por tales prestaciones. Sólo en la R.S.F.S.R. [República Socialista Federativa Soviética de Rusia] más de 10.000 mujeres recibieron el título honorífico de «Madre-heroína», y 1.100.000 mujeres fueron condecoradas con la orden de la «Gloria de la maternidad» y la «Medalla de la maternidad».

Las mujeres soviéticas supieron honrar la confianza y el cuidado de su Estado. Ellas han demostrado un gran heroísmo tanto en el trabajo pacífico y creativo antes de la guerra como en los años de lucha armada contra los invasores fascistas; también ahora en la labor para resolver las grandiosas tareas del nuevo plan quinquenal. Muchos sectores de la actividad industrial, en los que predomina el trabajo femenino, son los más avanzados en la ejecución de los planes. Los méritos de la campesina soviética, que llevó sobre sus hombros el peso principal del trabajo agrícola durante la guerra, son enormes.

Nuestras mujeres dominaron profesiones que desde hace tiempo se consideraban masculinas. Vemos mujeres maquinistas, mecánicas, torneras, cerrajeras, trabajadoras altamente cualificadas que controlan los mecanismos más complejos.

Las mujeres de la Unión Soviética, en igualdad de condiciones con los hombres, avanzan en la ciencia, la cultura y el arte. Ellas han ocupado una posición destacada en la educación del pueblo y en la atención sanitaria.

En un país donde hace treinta años, de las 2.300.000 mujeres empleadas, 1.300.000 eran sirvientas en la ciudad, y 750.000 eran jornaleras en el pueblo; en un país en el que casi no había mujeres ingenieras, científicas, donde la definición de la profesión de profesora estaba sujeta a condiciones ofensivas para la dignidad de la mujer; ahora, en este país, 750.000 mujeres trabajan como profesoras, 100.000 como médicas y 250.000 como ingenieras. La mitad de los alumnos de instituciones de enseñanza superior son mujeres. Más de 33.000 mujeres trabajan en laboratorios científicos y en institutos de investigación, 25.000 mujeres poseen grados y títulos académicos, 166 mujeres han sido galardonadas con el título honorífico del Premio estatal por sus excepcionales logros en la ciencia y en el trabajo.

Las mujeres del país soviético ejercen en la práctica sus derechos políticos. Sólo en el Soviet Supremo se contabilizan hasta 277 mujeres diputadas, y 256.000 mujeres han sido elegidas para los órganos rurales, urbanos, provinciales y republicanos del poder soviético.

Es sabido que en Rusia nunca ha existido el llamado movimiento de la mujer y que la mujer rusa no ha pasado ni por el feminismo ni por la lucha sufragista. Ella nunca separó la lucha por la igualdad de la tarea principal: la liberación de su país de la opresión del zarismo, comprendiendo que la «cuestión de la mujer» es inseparable de los problemas sociales y políticos principales, de los cuales forma parte.

En Rusia casi no había organizaciones independientes de mujeres con demandas y exigencias para las mismas. Es verdad que se realizaron algunos intentos de este tipo durante el periodo de la primera revolución rusa del año 1905, cuando empezaron a crearse organizaciones burguesas de mujeres de corte feminista, e incluso se convocó un congreso de mujeres de toda Rusia en el año 1908. Pero todos estos intentos no tuvieron éxito. Las obreras y campesinas de vanguardia, junto con las mujeres intelectuales, se unieron al partido revolucionario y marcharon junto a sus camaradas masculinos a la lucha, no por unos derechos limitados para las mujeres, sino por el derrocamiento de la autocracia. Las obreras defendieron con devoción la causa de los trabajadores en las huelgas masivas. Las estudiantes llevaron a cabo un trabajo revolucionario ilegal, sin temer ni a los calabozos de las prisiones del zar, ni a los trabajos forzados en Siberia.

El 8 de marzo del año 1917, las mujeres de Petrogrado salieron a las calles y fueron las primeras en levantar la voz de protesta contra la guerra imperialista. Sus manifestaciones fueron tan imponentes y formidables que incluso la propia policía del zar estaba desconcertada, y los soldados dudaron en disparar a las mujeres hambrientas, esposas y madres de sus camaradas que se encontraban en las trincheras. Las mujeres exigieron: «¡Abajo la guerra imperialista! ¡Devolvednos a nuestros maridos de las trincheras! ¡Pan para nuestros hijos!». Ese día marcó el comienzo de la grandiosa revolución rusa, que terminó en octubre del año 1917 con la victoria de los Soviets.

La mujer rusa, que luchaba heroicamente para derrocar el antiguo régimen, por la victoria del poder soviético y del comunismo, de hecho demostró ser una ciudadana digna del nuevo Estado.

Era totalmente natural que, en los primeros decretos del poder soviético, el partido bolchevique implementara el punto de su programa sobre la total igualdad en derechos de las mujeres respecto a los hombres.

Pero el reconocimiento político y jurídico de la igualdad de las mujeres de las repúblicas soviéticas aún no significaba que toda la población de millones de mujeres de la atrasada Rusia pudiera utilizar de inmediato esos derechos. Era necesario enseñar a las mujeres cómo utilizar esos derechos para el bien común, para fortalecer y construir el Estado soviético y para un futuro más feliz para sus hijos.

El pensamiento de cómo involucrar a las mujeres en el trabajo creativo para consolidar las conquistas de la revolución ocupó a Lenin incluso antes de Octubre. Recuerdo mi conversación con Lenin en abril de 1917, cuando él nos aconsejaba a nosotras, un pequeño grupo activo de bolcheviques, que trabajáramos estrechamente con las grandes masas de soldados y otros grupos de la población femenina de Petrogrado. Lenin decía que mucho depende de su estado de ánimo: su apoyo a la revolución es de vital importancia.

En octubre de 1917, en el Comité Central del Partido se formó una oficina para el trabajo entre las mujeres. Yo, bajo la dirección directa y la cooperación de Sverdlov, tuve que realizar un amplio y masivo trabajo entre los soldados y las obreras. Pero incluso entonces no se habló sobre ninguna organización de mujeres independiente y por separado. El lugar de la mujer está en las filas de quienes luchan por alcanzar los grandes ideales de la humanidad, entre ellos la plena emancipación y la igualdad de derechos de la mujer.

La victoria del poder soviético en octubre del año 1917 todavía no significaba la derrota de la contrarrevolución. Por el contrario, 1918 fue el año en que se desencadenó la guerra civil y la lucha contra la intervención de 14 países capitalistas. Rusia fue devastada por una guerra de cuatro años, llegando la devastación de su economía al límite. El pueblo sufrió, pero luchó heroicamente por los derechos conquistados y por su joven Estado soviético. En ese momento, más que nunca, el poder soviético necesitaba la ayuda consciente y la colaboración de la amplia masa de la población femenina en las ciudades y pueblos. En el otoño del año 1918, el Comité Central del partido envió algunas mujeres agitadoras y organizadoras a diferentes partes de Rusia para explicar a los trabajadores sus tareas. El camarada Sverdlov me envió a las regiones textiles al norte de Moscú: a Ivanovo, a Orekhovo, a Kineshma. Recuerdo con firmeza las palabras de Lenin. Él decía que incluso un luchador firme y valiente puede llegar a titubear si, al regresar a casa, escuchara todo el tiempo quejas de su mujer y en su rostro encontrara a un enemigo que prosiguiera la lucha. Debemos formar políticamente a las mujeres, debemos forjar en ellas un sólido apoyo en la lucha contra la contrarrevolución y para fortalecer el poder soviético. Cada mujer debe entender que, luchando por el poder soviético, lucha por sus derechos y por el futuro de sus hijos.

Tratamos de explicar estas ideas e implantarlas en las amplias masas de mujeres. Esto no fue siempre sencillo, pero aun así tuvo éxito.

Cuando mi viaje de campaña ya estaba a punto de terminar, conocí a una trabajadora del textil muy interesante, Anuchkina. Cuando nos sentamos para tomar una taza de té en su humilde habitación en Kinshema, Anushkina sugirió que había llegado la hora de convocar en Moscú un congreso de obreras y campesinas de toda Rusia, que bajo la dirección del Partido definiera los métodos de trabajo entre la amplia masa de mujeres. Anuchkina decía que era necesario enseñar a la mujer soviética a ser productiva para su patria soviética.

Con esa idea regresé a Moscú y me dirigí directamente al Comité Central. Vladimir Ilich [Lenin] aprobó completamente esta idea. Él dijo que, claro está, no es necesario crear ninguna organización independiente de mujeres, pero es necesario poseer un aparato correspondiente en el Partido que sea responsable del trabajo de elevar la conciencia en las amplias masas de mujeres y enseñar a las mujeres a construir el Estado soviético. Es necesario incluir a las mujeres en los soviets locales de las ciudades y de los pueblos, darles los conocimientos prácticos adecuados. Hay que prestar especial atención al desarrollo de aquellas instituciones que faciliten a la mujer la conciliación del trabajo activo en los soviets con la maternidad.

Estas ideas y tareas de Vladimir Ilich sirvieron de base para el trabajo realizado durante la celebración del Primer Congreso de Obreras y Campesinas en Moscú en el año 1918.

En todos los países las mujeres lucharon en diferentes ocasiones heroicamente por sus derechos, encontrando una fuerte resistencia por parte de su competencia masculina y, sobre todo, por parte de los gobiernos burgueses. Pero en ninguna parte del mundo pudieron conseguir lo que, sin duda, cualquier ciudadana de todas las repúblicas soviéticas puede disfrutar.

Las mujeres de la Unión Soviética no tienen que exigir al gobierno derechos sobre el trabajo, la educación, la protección de la maternidad. El propio Estado, el propio gobierno otorga a las mujeres trabajo, abriéndoles ampliamente el sector público, ayudando y recompensando a las madres.

Durante la invasión de los agresores nazis, las mujeres soviéticas y las mujeres de otros países democráticos comprobaron de primera mano la necesidad de luchar incansablemente contra el fascismo hasta su completa erradicación. Sólo esto librará al mundo del peligro de nuevas guerras.

La lucha por la democracia y la paz duradera contra la reacción y el fascismo es la tarea fundamental hoy en día. El hecho de aislar a las mujeres de esta tarea principal e importante, de intentar encerrarlas dentro de organizaciones feministas «sólo de mujeres», sólo puede debilitar el movimiento democrático de las mujeres. Sólo la victoria de la democracia asegurará la igualdad de derechos de las mujeres.

Nosotras, las mujeres del País de los Soviets, entregamos todas nuestras fuerzas al trabajo creativo, al cumplimiento de las grandes tareas del Plan Quinquenal, sabiendo que con esto consolidamos un baluarte de la paz en todo el mundo: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Al mismo tiempo, debemos seguir con atención todas las maquinaciones de los reaccionarios, desenmascarando todos sus planes e intenciones, y sus intentos de generar una fractura en las filas de la democracia.

La unidad de todas las fuerzas democráticas es nuestra arma más fiel en la lucha contra la reacción, por la libertad y la paz en todo el mundo.